El otro día vi un vídeo, a lo mejor ya lo habéis visto, es un cortometraje acerca de un chico en la parada del autobús y aparece una chica en la que se fija. Le gusta, empieza a imaginarse cómo será ella, lo que podría pasar si se presentase y se pusieran a hablar: “Tal vez sea como yo” “Tal vez tenga el coraje para hablarle” “Tal vez le diga que quiero verla otra vez” “Tal vez la amo” “Tal vez…” Y así se va imaginando cómo sería toda su relación.

¿Os suena? A mí sí, hubo una época, cuando vivía en Madrid en la que, cuando viajaba en metro, a veces había alguno que me llamaba la atención y me imaginaba cómo sería él, si nos conociésemos y saliésemos juntos (unos viajes muy largos los míos en el metro, luego empecé a leer libros, mucho más productivo).

El caso es que suele ser bastante común esto de imaginarse situaciones, historias, relaciones o viajes que nos gustaría que ocurriesen de verdad y al final se quedan sólo en eso, pura imaginación. Por miedo, porque no es el momento, porque “¿cómo me voy a presentar en una parada de bus?”. ¿Y por qué no? ¿A qué hay que esperar? ¿A qué se de el momento perfecto? Ese momento no suele pasar, ese momento lo crea uno y entonces, sin saberlo, resulta que era el perfecto.

Este vídeo va sobre relaciones, pero puede trasladarse a muchos ámbitos en los que queremos que pase, hacer o cambiar algo, pero que no nos atrevemos por miedo.

¿Podrían ganarle las ganas de ser feliz al miedo? Tal vez.